Érase una vez un extraño centro comercial configurado como un largo pasillo a lo largo del cual los comercios se alineaban como casetas, todas con la misma fachada y todas asentadas sobre ruedas. Además, en este pintoresco centro comercial todos los comercios vendían productos similares. Pero si los comercios de este extraño lugar eran pintorescos, los clientes no lo eran menos: todos accedían sistemáticamente a la tienda más cercana a la puerta, y sólo en función del tiempo del que disponía cada uno, de su interés y de su propia forma de comprar, entraba luego a la segunda, tercera, cuarta…y poco más.
Al principio, cuando había pocos clientes, los empresarios fueron montando sus casetas con cierta tranquilidad: unos con ilusión, otros sencillamente por que sí, y algunos con plena convicción en el futuro de ese centro comercial. De hecho, muchos ni siquiera montaron su caseta para ubicarla en ese centro comercial, simplemente la montaron y un buen día se dieron cuenta de que estaban, sin haberlo pedido siquiera, dentro del centro comercial.
Sin embargo, la cosa fue cambiando. La enorme afluencia de público empezó a hacer imprescindible plantar una caseta en este centro comercial. Algunos planificaron y decoraron el interior con gran esmero. Otros ofrecían mejores productos, mejores servicios, mejor atención al cliente… Otros se centraron en ofrecer el mejor precio. Todos estos esfuerzos tenían un coste mensurable, y los comerciantes tomaban por tanto estas decisiones con criterios empresariales objetivos.
Sin embargo, un factor de incertidumbre los traía a todosde cabeza : el centro comercial no te permitía escoger lo cerca o lejos que tu caseta iba a estar de la puerta. Y dada la particular forma de actuar del público de ese centro comercial, la diferencia entre estar el primero y estar el vigésimo suponía sencillamente la vida o la muerte del comercio. Hace ya algún tiempo, la calidad del producto y la fama del comercio realmente tenían relevancia en la posición. Y el centro comercial recompensaba tu buen hacer (o lo que su gerente consideraba buen hacer, ya que se basaba únicamente en criterios propios), desplazando tu comercio poco a poco hacia la puerta, en detrimento del resto de comercios.
Pero todo eso cambió el día que alguien decidió dedicarse a estudiar la personalidad del gerente de ese centro comercial, y a intentar darle lo que le gustaba. Una especie de soborno estético e intelectual que facilitara el que un determinado comercio se acercara más y más a la única puerta de entrada. Ya no bastaba con ser una buena opción. Además había que parecerlo, no ya ante todos (que nunca fue mala idea) sino específicamente a ojos del gerente de Googletopía. La idea corrió como la pólvora, y un número creciente de comercios empezaron a confiar su suerte a una nueva legión de mercenarios especializados en luchar esta batalla, en la que no se hacen prisioneros y en la que el fin no es que justifique los medios, sino que los impone.
La creatividad pasó a segundo plano. Lo sugerido dejó paso a lo obvio, y lo obvio a lo más y más y más obvio. El gerente de Googletopía era ciertamente un tipo inteligente (quien iba a dudarlo), pero sus criterios para ubicar los comercios tenían una componente mecánica y cuadriculada también bastante notable. ¿Para qué expresar en 2010 una idea en forma metafórica, si la única forma de conseguir que sea leida es soltarla directamente?. Y a ser posible repitiendo el mismo concepto una y otra vez (aunque sin pasarte, hemos dicho que el gerente de Googletopía era muy mecanicista, pero no infravaloremos su inteligencia).
Moraleja, digo… metatags: Posicionamiento en buscadores. SEO. Servicios SEO. Servicios de posicionamiento en buscadores. Posicionar una web en Google. Ufffff…
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